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Mi cuento, nuestro cuento, tu cuento.

Ilustración: Guillermo Cubillos

Alguna vez intenté llegar a una definición de educación y surgió esta frase: “La educación es, simplemente, una historia de historias. Unos quieren contarlas y otros quieren escucharlas”. 

Cientos de miles de páginas de estudios y tratados sobre la educación quedaron resumidos en el acto más sublime de la comunicación entre los seres humanos: contar historias. En todo momento educativo se juntan dos deseos: el de alguien que quiere enseñar y el de alguien que quiere aprender y todo el proceso se arraiga en los cuentos. 

Usualmente el primero que empieza a contar el cuento es el “grande” (léase padre o madre, maestra, tía…); luego el cuento se vuelve de ambos, principalmente en un intercambio creciente de preguntas y respuestas; y finalmente el cuento termina siendo de propiedad del “pequeño”, quien ahora es libre de contarlo por sí mismo, con su propia voz y su interpretación personal.

Imaginemos cualquier tema educativo. Pasar la calle en el semáforo, amarrarse un zapato, conjugar correctamente un verbo, tocar una canción en un violín, resolver una ecuación, escribir un ensayo filosófico… En todo nivel de educación se parte de una historia que es primero escuchada (o leída), luego es “conversada” o discutida para finalmente ser recontada por el aprendiz, quien ahora es el dueño de esa historia. Cuando por fin la historia se vuelve propia, se habrá pasado la antorcha y se puede decir que ocurrió un aprendizaje.

Todos enseñamos y todos aprendemos en este intercambio de historias y como maestros de nuestros pequeños, podemos tomar nota de estas recomendaciones para ser un gran profe en casa:

1 – No se trata de nosotros, sino de ellos. Somos los guías de una excursión en la que los protagonistas no somos los adultos, sino los niños. El viaje lo deciden ellos, nuestro papel es el de compañeros de aventura.

2 – Conozcamos a nuestros niños. Observemos sus preferencias a la hora de aprender. Unos son cautelosos, otros preguntan, algunos se lanzan a equivocarse y rectificar otros mezclan todos los métodos. Cada uno tiene su estilo de aprender.

3 – Creemos un ambiente seguro para tomar riesgos. Equivocarse es fundamental en el aprendizaje y al hacerlo los niños no deben sentirlo como un fracaso o una razón de menosprecio.

4 – No temamos ser vulnerables. Ya lo hemos afirmado antes: no sabemos todas las respuestas y el hecho de que nos vean que podemos aprender también, nos iguala en la búsqueda.

5 – Dejemos que se enseñen a sí mismos y entre ellos. Inventemos situaciones en las que la interacción con sus “colegas” les permita indagar, conversar, construir y concluir conocimientos. Estemos cerca para aclarar dudas, pero lo suficientemente lejos para que sea una actividad de ellos.

6 – Nunca paremos de enseñar. Y esto equivale a decir: nunca paremos de contar historias, nuestras historias, que muy pronto ya no serán nuestras en ese hurto constante que es el aprendizaje.

Guillermo Ramirez