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Palabras, palabritas, palabrotas y palabrejas

Ilustración: Héctor Borlasca

“Tenemos palabras para vender, palabras para comprar, palabras para hacer palabras. ¡Busquemos juntos palabras para pensar! 

Gianni Rodari

Las palabras le dan cuerpo a nuestras ideas. Nos permiten darle forma a nuestro mundo, organización a nuestros pensamientos, significados a nuestra experiencia y puntos de encuentro a nuestras diferencias. Las palabras lo rodean todo, lo nombran todo. Son tan viejas que saben a pasado y tan nuevas que nos permiten desenmarañar el futuro.

El escritor, pedagogo y periodista italiano Gianni Rodari, gran artesano de las palabras, decía que “una palabra, lanzada a la mente por azar, produce una serie infinita de reacciones en cadena: analogías, sonidos, imágenes y recuerdos, significados, sueños, en un movimiento que interesa a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente…”

Una sola palabra puede sacar a la superficie los recuerdos que estaban en las profundidades del pasado y abrirnos posibilidades para conjugarlos con nuestros actos del presente porque todo es posible, para el hombre, gracias a las palabras.

De pequeños nos dejamos seducir por los sonidos y por la magia que se esconden detrás de ellas. Empezamos jugando, como en una especie de rito sagrado, tratando de imitar las palabras que nos comparten nuestros padres y nuestros abuelos y no descansamos hasta hacerlas propias. En principio no nos interesan sus significados o las imágenes que puedan hacerse de éstas, nos importa atraparlas, babearlas, gorgotearas, masticarlas, engullirlas, saborearlas y hasta escupirlas, porque nos gusta como saben y como suenan y, sobre todo, nos interesa volver a los susurros de quienes nos dieron las primeras palabras cuando empezamos a aventurarnos por el mundo.

Luego, con el transitar de la vida, vamos teniendo diferentes encuentros con todo tipo de palabras: pequeñas, serias, grandes, fuertes, suaves, juguetonas, pegajosas, dulzonas, amorosas, ruidosas, modestas, vanidosas, curiosas, filosóficas, fantásticas, parlanchinas, despistadas, peregrinas, capicúas, ambiguas, sangrientas, dolorosas, tristonas, acogedoras, enredadas, saltarinas, oscuras, luminosas, antiguas, escandalosas, olorosas, autoritarias, descoloridas, complejas, sencillas…

Es entonces cuando comprendemos que las palabras “tienen sombra, transparencia, peso, plumas, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, decanto ser raíces…” (Pablo Neruda)

Y al final, cuando ellas han dejado huella en nuestras vidas, cuando las hemos exprimido hasta el cogote, pronunciamos las palabras propias con las que construimos un espacio íntimo en el que reafirmamos nuestra identidad como derecho y parte de un colectivo (familia, ciudad, país, continente, planeta).

Diego Armando Lebro
Promotor de lectura y escritura
Master en Libros, Literatura Infantil y Juvenil
Magister en Educación.