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¿Por qué sopla el viento?

Ilustración: Miguel Otálora

Así como los niños saben perfectamente desde que nacen cómo alimentarse y cómo llorar para solicitar atención de sus padres para un problema, muy pronto comprenden que para alimentar también su cerebro de conocimientos, tienen que poner mucha atención a las personas que los rodean.

Observarlos, escucharlos y, cuando por fin llega el habla, en la etapa más sofisticada del aprendizaje, empezar a hacerles preguntas. Muchas preguntas. 

El científico Isidor Isaac Rabi, Premio Nobel de Física de 1944, contaba cuando le preguntaban por qué se había inclinado hacia las ciencias que, cuando era niño, al contrario de todas las demás, su madre no le preguntaba “¿Qué aprendiste hoy?”, sino que le decía “¿Hiciste buenas preguntas hoy en la escuela?”. Explicaba que un buen científico no es quien tiene todas las respuestas, sino aquel que es capaz de hacer las preguntas adecuadas. 

Una de las grandes pérdidas que tenemos al convertirnos en adultos es que nos volvemos cada vez menos preguntones y nos conformamos con los conocimientos que hemos acumulado. Pero, por fortuna, algunos contamos con niños cercanos que nos vuelven a llamar la atención sobre las maravillas del universo y nos obligan a volver a cuestionarnos prácticamente todo lo que ocurre en él. Estos pequeños científicos nos contagian de su curiosidad innata y nos obligan a desempolvar las enciclopedias de los abuelos… ¡Está bien! Nos obligan a preguntar: “Okey Google, ¿por qué sopla el viento?” 

Las preguntas de los más pequeños son fundamentales en su desarrollo cognitivo y surgen cuando encuentran un vacío en su situación presente de información. Algunos dicen que pueden llegar a realizar más de 300 preguntas en un día normal y lo más seguro es que los adultos que los acompañamos no tengamos todas las respuestas. Muchas veces la mejor respuesta es “No sé, pero ven lo investigamos juntos”

Por otra parte, nosotros mismos tenemos que preguntarles mucho y no contestar por ellos cuando alguien les pregunta algo. Generar preguntas novedosas que se aparten de la rutinaria “¿Cómo te fue hoy?” para estimular la conversación. 

A continuación algunos ejemplos:

  • ¿Qué sueños has tenido?
  • ¿Cuál es tu amiga más divertida?
  • ¿Qué te han contado las tías?
  • ¿Si pudieras escoger un super poder, cuál te gustaría tener?
  • ¿Te gustaría tener una tienda? ¿Qué venderías?
  • ¿Qué es lo que más te gusta darle a la gente?
  • ¿Si te encontraras con un animal que pudiera hablar, qué le preguntarías?
  • ¿Si escribieras un libro, qué historia contarías?
  • ¿Cuándo fue la última vez que te reíste muchísimo?
  • ¿Qué te hace sentir muy feliz?
  • ¿Cuáles serían una comidas muy chistosas?
  • ¿Si te dijeran que pintaras tus pensamientos, qué dibujarías ahora mismo?
  • ¿Qué es lo que hace que tu amiga sea maravillosa?
  • ¿Qué es lo que te hace a ti muy diferente?
  • ¿Qué deberíamos inventar para la humanidad?
  • ¿Cómo sería un día estupendo para ti?
  • ¿Si tuvieras un dragón de mascota, qué tendrías que hacer? ¿Cómo lo sacarías a pasear?
  • ¿Cuál es tu personaje favorito de los libros?
  • ¿Si pudieras cambiar una regla de la casa, cuál sería?
  • ¿Qué historia loca te han contado recientemente? 
  • ¿Qué me quisieras contar de tu vida que piensas que yo no sé? 

No nos preocupemos si no se muestran muy entusiasmados de responder. No los presionemos ni los abrumemos con excesiva curiosidad. Además, siempre debemos estar preparados para contestar nosotros mismos, ya que con mucha seguridad, las preguntas nos rebotarán.

¿Cuándo fue la última vez que te hiciste una pregunta que no pudiste responder? 

Guillermo Ramírez